Hades, el dios de los infiernos

Primero vienen Las Moiras (Las Parcas), a anunciar la hora postrera al mortal perplejo ante los últimos instantes de su vida. Después llegan  Las Keres o Las Erinias (Las Furias), si ha sido un crimen grave. Rodean a la víctima y la asustan, la debilitan de cuerpo y espíritu… la aniquilan. El alma sin carne desciende al fondo de la Tierra, al sombrío reino de Hades…”

Hijo también de Cronos y Rea, por lo tanto hermano de Zeus, es el encargado de las sombras y las zonas de ultratumba. Pertenece a la más antigua  generación de dioses Olímpicos, ya que estuvo en la lucha para destronar a su padre. Su principal característica es la invisibilidad, como lo dice su nombre (Hades: invisible) y como lo es su reino, vedado a los ojos de los vivos. Esta invisibilidad, le era dada por un casco que le regalaron los Cíclopes, antes de su lucha contra Cronos.

Se le atribuye también el favorecer al desarrollo de las semillas, enterradas en los límites de su reino, contribuyendo así a la productividad de los campos, lo cual le da un sentido positivo que contrarresta un tanto su relación con la muerte, ante los ojos de la humanidad. Es también, por este hecho, relacionado con Deméter, lo cual se observa claramente en el mito de Perséfone.

A pesar de su relación con la muerte, no era identificado como un demonio, sobretodo porque para los griegos, no existía la figura maligna que incitaba al pecado, ya que cada uno creía que era culpable de sus desgracias. Cuando querían invocarlo, la gente golpeaba el piso con las manos o con una vara y si con esto no atendía, entonces hacían sacrificios en su honor.

El reino del Hades (El Erebo), se dividía en dos sub-reinos:  El Tártaro que era un lugar de expiación, donde los malos pagaban sus culpas (como el infierno para la religión católica) y Los Campos Elíseos que era donde los buenos gozaban de las recompensas de sus acciones (el cielo para los católicos). Ambos sub-reinos se encontraban en las profundidades subterráneas, ya que los cielos eran exclusivamente para que habitaran los dioses.

Las almas de los muertos para poder recorrer su camino al Hades, debían atravesar  el río Aqueronte que corría por los dominios de Hades, a través de una barca manejada por un personaje lúgubre llamado Caronte, al cual le debían pagar con una moneda que los familiares del muerto colocaban debajo de su lengua antes de ser enterrado. Luego debían presentarse delante de Los Tres Jueces de los Muertos, que eran Minos, Eaco y Radamanto , los cuales decidían si el alma iba a ser condenada al Tártaro,( y en este caso cuál sería su castigo) o si iba a ser enviado a los Campos Elíseos, aunque siempre el veredicto final lo daba Hades.

Para llegar a Hades, tenían que atravesar la puerta de su castillo, fielmente cuidada por Cerbero, un can de múltiples cabezas que era el guardián del Erebo.

Hades contaba con algunos súbditos que lo ayudaban a mantener el orden y que se encargaban de buscar las almas para mantener los campos del Erebo llenos. Sus principales ayudantes eran:  Las Parcas que eran tres espíritus de mujeres que estaban hilando todo el tiempo el destino de cada uno de los mortales, y que lo cortaban en el momento en que llegara la hora de la Muerte. Luego estaban Las Erinias, tres espíritus vengadores de los crímenes, que se apostaban frente a la casa de cualquiera que hubiera cometido un crimen, con sus antorchas encendidas para enseñar que aquel debía ser castigado con la muerte. También estaban Las Eres, que cumplían la misma función que las anteriores, pero éstas buscaban a los espíritus que aunque, eran transgresores de algunas leyes, no tenían porqué ser castigados tan severamente. Por último estaba Tánatos (La Muerte), hijo de la noche, que se paseaba con su manto negro por la casa de la víctima para avisarle que sería trasladado al Erebo, y que con mucha frecuencia, era el encargado de enseñarle el camino.

Dentro del Tártaro, habían almas que tan sólo vagaban sin rumbo y otras que eran condenados a grandes suplicios y castigos, mandados por algún dios que había sido ofendido. Algunos casos que podemos citar son: el de Sísifo, que fue condenado por el propio Hades, por haber engañado a Tánatos y haberlo encerrado en un calabozo, por lo que durante ese tiempo nadie murió en el mundo. Sísifo fue condenado a empujar una gigantesca piedra colina arriba, pero al  casi llegar a la cima, esta se le escapaba de las manos y volvía a empezar su trabajo. Tántalo, invitó a los dioses a un banquete y sirvió a su hijo como alimento, así que fue condenado a estar en una laguna con agua hasta a las rodillas, pero el agua nunca puede calmar su sed infinita, ya que se resbala de su boca, y rodeado de árboles frutales, las ramas se alejan cuando trata de alcanzarlas. Además, sólo sueña con banquetes y manjares que jamás podrá alcanzar. Las Danaidades, son las cincuenta hijas de Dánao, que asesinaron a sus cincuenta maridos por lo que fueron condenadas a llenar con sangre una tonel sin fondo. Y por último citaremos a Prometeo que osó retar a Zeus al crear al hombre, y que fue atado a una gran roca donde un animal le devora en el día las entrañas que vuelven a crecerle por la noche, haciendo así interminable su sufrimiento. 

Hades y Perséfone

Core, era una docella hija de Zeus y Deméter, diosa de la tierra y la agricultura. Aunque Core formaba parte de los Dioses Olímpicos, su vida transcurría alejada del resto de los dioses. Era de naturaleza tranquila e inocente, hasta que Hades se fijó en ella y la pidió en matrimonio. Zeus le concedió su mano, pero Deméter se negó rotundamente.

Un día en que Core se encontraba recogiendo flores con algunas ninfas, se abrió una grieta a sus pies de la que salió Hades, quien la tomó y la raptó llevándosela hacia el Erebo. Desconsolada, Core suplicó por su libertad. Durante meses estuvo cautiva en el inframundo, mientras en la tierra, la tristeza de su madre por su desaparición hizo que se perdieran las cosechas y murieran todas las plantas, sumiendo al mundo en una devastación atroz. Ante esta situación, Zeus le ordena a Hades regresarla y envía a Hermes en su búsqueda, con la única con condición de que no la joven no hubiese ingerido alimento alguno. El dios de las sombras accede. Sin embargo, antes de que Core abandone el reino de Hades, éste la invita a comer unas semillas de granada para que no sienta hambre en el trayecto y ella, inocente, acepta.

Gracias al engaño de Hades, Core se ve obligada a pasar la mitad del año en el inframundo. A la tristeza ocasionada a su madre durante su ausencia, le atribuyen los griegos las épocas de escasez y sequía, donde nada es cultivable.

De esta manera, Core, la doncella inocente, se convierte en Perséfone, temida diosa del inframundo, cuyo nombre no es muy seguro pronunciar en voz alta, por lo que simplemente se le llama “la doncella”.

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Inanna, diosa sumeria del amor

Es la diosa del amor y la sexualidad Sumeria, sin embargo, al igual que en Grecia se relacionaba a Afrodita (diosa del amor) con Ares (dios de la guerra), Inanna está también unida a los conceptos de guerra, agresión y afán de poder tanto como con el parto y la atracción erótica.

Todos los mitos resaltan la naturaleza bastante irascible de Inanna y las terribles consecuencias de su cólera y su conducta sexual. Se representaba por medio de un haz de juncos, coronado con uno en forma curvada. Era hija de Ningal y Nannar, dioses de la luna; hermana gemela de Utu y esposa de Dumuzi.

Inanna desciende a Irkalla

Inanna, reina del cielo y de la tierra, decide bajar al inframundo. Irkalla era el lugar de “no retorno” para los mesopotámicos, a dónde van los muertos durante ese estado de renovación que significa la muerte, para purificarse y recibir una nueva vida. También es allí donde van las malas conductas, para poder ser purificadas.

Previendo todo el peligro que puede implicar incluso para una diosa el embarcarse en esta empresa, Inanna toma todas las precauciones: se coloca sus insignias reales y sus amuletos mágicos y da instrucciones a su visir, Ninshubur, sobre cómo actuar en situaciones críticas.

A las puertas de Irkalla, Inanna pide al vigilante de la puerta, ser recibida por su hermana Ereshkigal, diosa del inframundo, para poder organizar el funeral de su cuñado, aún cuando sus verdaderas intenciones, son apoderarse del trono. Ereshkigal entra en cólera al saber de la presencia de su hermana y ordena que sean cerradas con llave, las 7 puertas del inframundo. Inanna es obligada a desprenderse, en cada puerta, de cada una de sus insignias reales y debe presentarse desnuda e indefensa ante su hermana. Los jueces del inframundo la condenan a muerte y a que su cuerpo cuelgue de un gancho sujeto a la pared.

Ninshubur comienza a preocuparse por la tardanza de la diosa y pide ayuda a otros dioses para descender y rescatarla. Pero todos se niegan. Opinan que la ambición desmedida de Inanna fue la que la puso en esa situación y ella sola debe salir de ella. Sólo Enki está dispuesto a ayudar a Inanna. De la mugre de sus uñas, crea dos seres que logran ser recibidos por Ereshkigal, por medio de adulaciones logran que la diosa les ofrezca una recompensa y piden que sea el cuerpo de Inanna. Rocían su cuerpo con Agua de la Vida y devuelven la libertad a Inanna. No obstante, los jueces del inframundo exigen que la diosa entregue a alguien que la supla. Al salir, Inanna les entrega a su esposo Dumuzi, al ver que solo él no había sido capaz de guardar duelo por su muerte.

 

 

 

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